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Otoños que fueron, un libro que reúne relatos de la microhistoria regional.

  • Foto del escritor: Alejandro de la Torre
    Alejandro de la Torre
  • 12 mar 2018
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 4 jun 2018

Luis de la Torre, auténtico mezquiticense y artista incansable, presentó un nuevo libro-antología de relatos de la microhistoria regional del Norte de Jalisco y Sur de Zacatecas.

"-¿Qué es? -me dijo. / -¿Qué es qué? -le pregunté. / -Eso, el ruido ese. / -Es el silencio." -Luvina, Juan Rulfo.

Cuando escuché que Luis de la Torre publicaría un nuevo libro llamado Otoños que fueron, no pude evitar pensar en una frase que escuché por ahí, entre las buenas lenguas, y dice que el otoño es más bien un estado del alma que una estación. Tampoco pude evitar remontarme a las tardes apacibles de octubre y noviembre, cuando los crepúsculos y arreboles se tintan de rojo; pensé también en El Llano Grande del cuento de Juan Rulfo Nos han dado la tierra, que bien podría ser el que alberga al Mortero, la Mesa y el Maguey. Al leerlo, uno se da cuenta que Otoños que fueron tiene un parecido temático, pero de apariencia estilística un poco distinta, con los cuentos que forman El llano en llamas o los creados por Mariano Azuela.


Este libro corto, pero sustancioso, reúne once textos con forma de relatos, y, ya sean anecdóticos o ficticios, dejan entrever el apego tan característico de Don Luis con su pueblo, Mezquitic. Nos narra, en el primer texto, su experiencia casi mágica con la vivificación de Rulfo en un cuadro de Rodón, a la par de su asombro y conmoción por la inmortalidad del silencio rulfiano. En Lo prefiero muerto que en el pecado, empatizamos con una esposa aquejada por un marido adúltero, y madre, además, llena de despecho por el quebrantamiento del ideal en su hijo, tanto así, que la muerte de Chávalo termina siendo el limbo de la perfección. En el tercer texto, y por cierto con aires de ser continuación del segundo, nos encontramos con la muerte de la abuela Natalia y un llamado onírico hacia su nieto. En El vestido de boda, don Luis nos aproxima a la abrupta sentencia que reciben las mujeres con deseos carnales, como Hermelinda y Teresa, rencorosamente exiliadas de sus hogares; y a las malas lenguas, también, que corren furiosas entre el apacible murmullo del espinazo. Por otro lado, el temor que embarga a las mujeres víctimas del cortejo indeseado, por parte de los generales en época de la cristiada, se lee en Mariquita Ramona. Podemos, dentro del cuento siguiente, aventurarnos junto con Juan Francisco Ruiz en pos de recuperar la pistola que le arrebataron los judiciales; cuento donde, por cierto, y al igual que en el último, los rasgos de la cultura rural son muy notorios, ya por el contexto, ya por la manera en que se narra. Prudencia contra perversidad, un cuento levemente satírico, aborda de nuevo el adulterio y revela las intenciones de una mujer, Andrea, que se casa por pura ambición. Y el siguiente, revelador del complejo machista que tanto ha obstruido el avance de los pueblos, termina siendo una muestra del naciente feminismo, en donde la mujer protagonista, empoderada, no permite que los hombres hagan sus artimañas. Posteriormente, nos topamos con la tragedia de un amorío imposible, con todas sus consecuencias, debido a orgullos y diferencias socioeconómicas, tan abundantes en los tiempos pasados y presentes. En el penúltimo cuento, nos alejamos de la zona rural, y llegamos, más bien, a la ciudad, en donde la prostitución, de la manera en que nos la expone Don Luis, puede sacarnos algunas carcajadas. Cinco muertos con camino a Mezquitic, cuento último de este libro, narra, más que la muerte de cinco individuos, el estruendo y la conmoción que tal acontecimiento produce en las personas, llegando hasta los niños perturbando, calando. Así como lo sabe hacer la muerte.


Yo no diría que este libro es una antología, sino el encuentro de distintas voces que salen de una sola lengua: la lengua del medio rural, del padecer de los pueblos en medio de conflictos políticos y económicos, pero también en medio de la nada, tan remotos geográficamente y alejados de la ciudad; salen de la lengua de un escritor enamorado de su pueblo y preocupado por él. Otoños que fueron es la inmortalización del pasado de, no solo Mezquitic, sino de los pueblos mexicanos.


Leer a Don Luis es tener un bosquejo bien trazado de las entrañas de Mezquitic. Es, para quienes conocemos el pueblo, un acercamiento profundo al alma del cañón, y, para quienes no, una buena vista panorámica del mismo.


Así, disimulado detrás de la apariencia de una simple monografía provincial, este nuevo libro de Luis de la Torre, al igual que el resto de la literatura rural, es un puente que nos deja andar entre el pasado y el presente, con la posibilidad de modificar, en base a ello, parte esencial de nuestro futuro como pueblo. En eso yace, precisamente, el valor de la microhistoria. En la inmortalización está la posibilidad del cambio.


De esta manera, y con una lucidez sorprendente, Luis de la Torre nos trae un libro más, de tantos, para disfrute y deleite de sus agradecidos lectores.



 
 
 

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